Cuando algunos aún creen que gestionar comunicaciones es presionar

Imagen editorial de una sala de redacción con computador encendido, teléfono descolgado y documentos sobre un escritorio, en un ambiente de tensión asociado a presión sobre la prensa y daño reputacional.

Cada cierto tiempo reaparece una mala práctica que muchos creíamos suficientemente desacreditada, pero que todavía sobrevive en ciertos espacios de poder. Esta es, la idea de que una cobertura periodística incómoda se puede frenar con presión o con “gestiones” informales. Y aunque el contexto ha cambiado de manera profunda, todavía hay quienes siguen entendiendo la comunicación desde esa lógica atrasada y peligrosamente equivocada.

Antes de seguir, vale aclarar que este artículo tiene como punto de anclaje el reportaje de Biobío Chile, publicado el 17 de marzo de 2026.

Lo que más interesa de este tipo de episodios no es la figura puntual de sus protagonistas, sino el patrón de conducta que dejan al descubierto. Porque ahí aparece un problema que sigue plenamente vigente para quienes trabajan en comunicación estratégica. Todavía persiste la creencia de que frente a una publicación compleja o potencialmente dañina, el camino correcto consiste en evitar que vea la luz. Y esa premisa revela una comprensión muy deficiente de lo que significa gestionar reputación en serio.

El espejismo de creer que presionar sirve

En algunos entornos aún se cree que presionar a la prensa puede ser una salida eficaz. A veces se lo ve como una demostración de control y otras, como una forma de proteger a una institución, a una autoridad o a una marca, frente a un daño inminente. Sin embargo, esa lógica suele operar como un espejismo. Puede dar una sensación pasajera de contención, pero en el mediano y largo plazo el costo suele ser mucho mayor que el problema original.

Cuando una organización o una figura de poder intenta limitar indebidamente el trabajo periodístico, el conflicto deja de estar circunscrito a una nota o a una agenda coyuntural. En ese momento, lo que empieza a deteriorarse es la legitimidad del actor involucrado y su capacidad futura de sostener una posición pública. Dicho de otro modo, lo que se pone en juego ya no es solo una cobertura, sino el valor reputacional acumulado para enfrentar en el devenir en distintos planos, especialmente ante la prensa.

El error de confundir comunicación con bloqueo

Hay una confusión particularmente dañina que todavía circula en ciertos ambientes. Es la idea de que el valor de un profesional de las comunicaciones se mide por su capacidad para “bajar” una nota, frenar un reportaje o impedir que un contenido incómodo se publique. Y esa vara no solo es equivocada, además empobrece profundamente el rol comunicacional y lo degrada hasta convertirlo en una especie de operador de poca monta.

La comunicación estratégica no está para intervenir decisiones editoriales ni para forzar silencios. Está para leer escenarios, anticipar riesgos, ordenar respuestas, construir vocerías, dotar de contexto a una situación compleja y ayudar a que una institución actúe con criterio y lucidez bajo presión. Esa diferencia no es menor porque ahí se juega buena parte del estándar profesional.

Quien siga creyendo que la excelencia en comunicaciones consiste en impedir que algo se publique, en realidad está operando con un marco mental viejo. Uno que supone que el control se puede imponer por por influencia o por presión. Y ese marco, además de éticamente cuestionable, hoy es estratégicamente torpe.

Cuando alguien cree que comunicar bien consiste en bajar una nota, en realidad no está gestionando reputación, está exhibiendo una mirada atrasada y profundamente riesgosa.

Los contactos no mandan en la prensa

Otra idea errada que este tipo de situaciones vuelve a exponer es la noción de que tener contactos en medios equivale a tener poder sobre la prensa. Se confunde vínculo profesional con capacidad de control. Se interpreta la confianza como si fuera obediencia. Y se olvida algo bastante básico, y es que los periodistas y los medios no están ahí para ejecutar favores impropios ni para subordinar su criterio editorial a redes de conocidos.

Por supuesto, las relaciones profesionales importan y tener contactos sólidos con medios puede facilitar el diálogo. En este sentido, una relación de confianza puede permitir una mejor comprensión de contexto y ayudar a que la comunicación entre fuentes y periodistas sea más fluida y más oportuna. Pero eso no convierte a nadie en dueño de la decisión editorial. Y pretender lo contrario no solo revela una lectura muy precaria del ecosistema mediático actual, sino también una forma bastante rudimentaria de entender el poder.

Una práctica antigua que algunos no han querido soltar

Durante años, en distintos espacios, hubo presiones, llamados, intentos de intervención y maniobras de contención que fueron toleradas e incluso valoradas cuando daban resultado. Ese pasado existió y hay literatura de sobra que lo ha documentado.

El problema es que el entorno ya no es el mismo porque cambiaron las reglas, cambió la sensibilidad pública, cambió el estándar ético y también cambió la forma en que la sociedad interpreta los abusos de posición. Lo que antes algunos consideraban una gestión hábil, hoy aparece como una práctica impropia y potencialmente lesiva tanto en lo legal como en lo reputacional.

Por eso es tan importante insistir en este punto… no basta con decir que ciertas conductas “ya no corresponden”. Hay que entender que, además, ya no sirven. Quedarse aferrado a esas fórmulas no es solo un problema moral. Es también una señal de atraso estratégico.

La verdadera tarea del comunicador en una crisis

Cuando aparece una publicación difícil, el trabajo serio no pasa por frenar al medio. Pasa por preparar a la organización, por entender el alcance del problema, evaluar escenarios, definir una posición institucional, ordenar vocerías, responder con oportunidad y distinguir con claridad entre una molestia comunicacional y una amenaza reputacional real.

Lo anterior exige criterio, aislar el ruido, no contactos. Y sobre todo, exige comprender que la prensa no está para obedecer a las fuentes, sino para informar. Cuando esa premisa no está bien incorporada, lo que sigue suele ser una cadena de errores que agrava el daño en vez de contenerlo.

Cada vez que reaparece un caso de este tipo, conviene volver sobre una idea elemental. Un buen gestor comunicacional -verdaderamente estratégico- no es quien promete que una nota no saldrá sino quien ayuda a su organización a actuar con lucidez y con respeto por los límites éticos y legales.

Por eso, más que mirar estos episodios como simples excesos individuales, es más útil leerlos como señales de una cultura que todavía no termina de corregirse. Y esa es, probablemente, la lección más relevante.